POR OLATZ RUIZ, COLABORADORA DE EUROPA AGRARIA
• 02/07/2008 0:00:01
Cosas veredes, amigo Sancho. Quién nos iba a decir que los olivareros españoles se opondrían en Bruselas a que apareciera en las etiquetas del aceite de oliva virgen extra que se comercialice en la Unión Europea la procedencia concreta del producto y de las aceitunas con las que se elabora. Y para colmo, nos encontramos con que Italia, nuestra gran enemiga en el aceite y en el fútbol, parece ahora muy interesada en que esta propuesta comunitaria llegue a buen término. Pero esto es lo que está pasando en estos momentos en que se discuten nuevas normas de seguridad y calidad alimentaria.
Se nos llena la boca de decir que una gran cantidad del aceite que se comercializa bajo etiqueta italiana tiene su procedencia en los olivares españoles y que esa es una de las principales causas de que el valor añadido de este producto, esencial de la dieta mediterránea y últimamente tan prestigiado por médicos y gastrónomos, vaya a parar a los industriales del país rival y engorde su fama y su cartera. Más aún, todos sabemos que el olivar italiano ha dado para escribir y contar un montón de chascarrillos sobre la picardía de sus protagonistas, que dejarían a Rinconete y Cortadillo como meros aprendices en el arte de buscarse la vida. Una de las más famosas historietas fue la de’tapizar’ grandes extensiones de campo italiano con olivos pintados con el objetivo de engañar a los reconocimientos aéreos comunitarios y conseguir así más ayudas a su producción.
Y así hasta llegar al aviso que dio el pasado año Bruselas para exigir al país transalpino una lucha seria contra el fraude del aceite de oliva, lo que obligó a plantear un decreto por parte del Gobierno que pusiera coto a las sospechas generalizadas. Nada menos que la Comisión acusaba a algunas almazaras italianas de continuar con las prácticas fraudulentas en las que engañan a los consumidores y, por si fuera poco, a través de algunos medios de comunicación se conocía hace un año la noticia de la incautación de casi 2.000 toneladas de aceite que se comercializaban bajo las denominaciones de origen italianas siendo realmente producción procedente de Grecia, Túnez o España.
Recordemos un artículo publicado en un periódico noruego bajo el título “La mentira del aceite de oliva”, en él se mostraba que la comercialización de aceite bajo la etiqueta Made in Italy, resultaba en realidad aceite de otros países mediterráneos. En ese artículo se explicaba que en ese país el consumo de aceite de oliva se ha llegado a triplicar y principalmente importaban aceite de Italia. Los importadores de Noruega denunciaban que sólo un 20 por ciento del aceite que comercializaban era realmente italiano, el resto pertenecía a Turquía, España o Grecia.
Pero ahora estamos en un momento en que la agricultura vuelve a tomar protagonismo, en el que Francia tomará las riendas de la agricultura comunitaria durante un semestre que se presenta apasionante y sabemos que este tiene casi incorporada a su bandera la lucha por el reconocimiento de la calidad y el apoyo a las denomiaciones de origen. Para resumir, prestigiar la calidad y la manera de hacer original.
Y en este contexto nos encontramos con que el mundo del aceite de oliva se pone del revés y los que hacían chanchullos sacan pecho (esto es, los italianos) y los que siempre han pedido las cuentas claras (los españoles, hasta la fecha) parecen querer ocultar lo que se hace en su casa.
Tal vez tienen que ver en este cambio de papeles cuestiones de mercado como que la etiqueta de Made in Italy vende más y mejor en mercados selectos como el norteamericano, donde se va abriendo camino el aceite virgen extra y algunos de aquí quizás prefieran vender caro aún a costa de perder su nombre.
Eso evidenciaría que se llega tarde al reconocimiento de la calidad del aceite de oliva español, y que pese a todas las advertencias que llegaban desde diversos gobiernos, expertos y el propios sector, de que las cooperativas y almazaras españolas no podían limitarse a vender aceite a granel y dejar que la botella y la etiqueta la pusieras los italianos no era una dejadez sin consecuencias.
No se han hecho las cosas bien ni se ha aprovechado el momento de los altos precios del aceite español para mejorar su imagen internacional. Eso sí, cuando ha hecho falta hacer negocio se han importado grandes cantidades de aceite de oliva de países terceros, algo legítimo comercialmente, pero que si no se acompaña de un esfuerzo por identificar su producto propio en el exterior, puede contribuir a esa confusión en los mercados y también en los intereses.
Todo esto coincide en el tiempo con una llamada de atención desde las denominaciones de origen andaluzas de intentar hacer un frente común para prestigiar su procendencia de cara al consumo en otras zonas, principalmente en restauración. Pero podemos deducir que si el sector está tan atomizado como para pelearse con la denominación de al lado, mientras los envasadores mezclan lo que encuentran y pasan de reivindicar el buen nombre del aceite “Made in Spain”, se deja todo el terreno libre al enemigo, hasta el punto de que ahora, al menos de cara a Europa, los pillos somos nosotros, algo que sin duda será recibido con una sarcástica sonrisa por nuestros competidores.
Eso sí, lo que no es de recibo es que sean las propias organizaciones agrarias las que no apuesten decididamente por la calidad y el prestigio de nuestro aceite de oliva, porque posturas como estas nos hacen perder, esperemos que no definitivamente, la partida.